Fermín de Bedoya

FERMIN DE BEDOYA, ya en los albores de la niñez, se significaba por sus ocurrencias. Tenía soluciones para casi todo. Esto le valió el calificativo de "EL GRAN FERMÍN".

Rompía con todos los convencionalismos y se adentraba en su mundo, donde nos sorprendía con sus continuas genialidades. Su polivalencia era tal, que con rapidez llegaba a la cima de lo que se proponía. En esa búsqueda insaciable, se olvidaba hasta de sí mismo; no medía el riesgo ni el peligro. Lo importante era ver la luz al final. Todo este peregrinar hizo de él un artista total, tocando todos los géneros de las Bellas Artes.

No cabe duda de que todas sus obras están impregnadas de sí mismo, guardando una fuerza, que como el imán nos atrae.

Su arte, fundado en la vida y en su pensamiento creador, enriquecido por la experiencia y por las ideas que son comunes a toda la humanidad, nos introduce en un mundo mágico, misterioso y lleno de conjeturas. Al más puro estilo "empírico", la obra de FERMÍN DE BEDOYA, tan completa, significativa y laboriosa, busca su real mundo expresivo: su liberación.

La clara conciencia de la "verdad" artística que persigue, le da fuerza para recorrer el camino de su propia búsqueda.

Su extraordinaria sensibilidad receptiva no se ha visto contaminada en manera decisiva, por los diferentes entornas culturales por los que ha pasado en su dilatada vida. Él ha sido fiel a sí mismo, llevando su arte hacia vías expresivas muy personales e inimitables.

Sus esculturas son expresiones del Alma, con una carga humana que se manifiesta al desnudo. Con gran sutileza, abarca la grandeza y la miseria del ser humano, pasando por los sentimientos más arraigados. Da la impresión de que todas estas esculturas, aparentemente inanimadas, guardan en su interior el ánima de quien las ha poseído o bien, recogen su espíritu.

Estamos ante un artista consumado que ama lo real, lo abstracto y sus propias fantasías. Su gran oficio e imaginación le permiten utilizar gran diversidad de materiales, perfectamente amalgamados. Todo esto se ve enriquecido por su "genio" y una estupenda labor de investigación.
Julián González de Bedoya
Historiador y crítico de arte


Biografía

Nace en Valencia, casualmente, en 1944. Único hermano de los catorce que es valenciano, salvoconducto suficiente para entregar su vida al arte y a la música (tenor).

Hijo de padre extremeño (Tornavacas, Cáceres) y de madre cántabra (San Vicente de la Barquera, Santander).

De muy niño sabía lo que quería: inquietud, imaginación y habilidad, con fuertes dosis de rebeldía y temperamento, forjaron lo que mas tarde seria su destino:“EL ARTE”.
Retrato de F. de Bedoya (1971).
Obra de María Calvet (Licenciada en Historia del Arte y Bellas Artes. Madrid)
Inicia sus primeros estudios en Plasencia, Cáceres, (Colegio de la Inmaculada Concepción). En 1952 se traslada a Madrid donde inicia el Bachillerato, ingreso, primero y segundo (Instituto San Isidro y Ramiro de Maeztu); pasando al Seminario de los P.P. Agustinos. Es aquí donde Bedoya inició las primeras obras de arte, apenas con herramientas y pocos materiales. Fueron los primeros síntomas de su verdadera vocación.

Abandona el Seminario y se incorpora voluntariamente a la Marina de Guerra Española en 1961. San Fernando (Cádiz), El Ferrol del Caudillo (Buque Escuela Galathea), pasando a continuación a la Escuela de Armas Submarinas de Soller (Mallorca). Inventos bélicos, diseños y dibujos ilustraron varios documentos y revistas de la Armada, dando Bedoya muestras de expresión, creatividad y amor al arte.

En 1963 abandona la Marina, pero no su vocación marinera, que perdura hasta la actualidad.

Vuelve a Madrid y la medicina sería su nueva actividad, siempre de la mano del Arte, que era ya parte de su vida.

En 1966 la medicina queda aparcada provisionalmente y se lanza a una nueva gran aventura: Paris. Sin dinero, sin medios de vida, se planta en la capital francesa, estudia francés en la Alianza Francesa; pintura, amores y vida bohemia, amenizan la vida de Bedoya en la capital de Francia.

En 1968 busca luz y color y se traslada a la costa azul francesa, en Niza, Saint Tropez, Cannes. Bedoya se gana la vida pintando marinas, barcos y diferentes rincones de los puertos de la costa.
En 1969, cansado de tanto sol y turistas se traslada a Austria (Alpes del Tirol). Bellísimas montañas, altas cumbres y la belleza de sus ciudades sirven de descanso para Bedoya. Este mismo año vuelve a España, a Madrid, y la medicina sería de nuevo su medio de vida, sin dejar de hacer arte.

1971, de nuevo busca la luz y el color. Abandona definitivamente la medicina y se traslada a Marbella. Allí conoce al artista Vicente de Espona, hoy fallecido, con un patrimonio artístico en Marbella único en su género.

Es al lado de Vicente de Espona, donde Bedoya consolida su vocación convirtiéndola en profesión. Una de las grandes obras, la Iglesia del Calvario, 1976 (Arte sacro) y numerosos murales.

1978, Bedoya se ve obligado a abandonar Marbella; su divorcio causó estragos en la vida del artista. Vuelve a Madrid, sufriendo grandes dificultades para rehacer su vida. Lucha durante años contra corriente, pero Bedoya no se deja vencer y su lucha es tenaz y constante, con el arte a sus espaldas.

En Madrid conoce al pintor Fernando Jiménez; formando sociedad: “GIMBEDART”, fue una buena y gran experiencia. Años después el artista busca un lugar definitivo, donde encontrar la paz que tanto necesita.

1989, descubre el Pirineo Aragonés. Aínsa sería el destino. Naturaleza y paz están a su alcance.

En la actualidad, Fermín de Bedoya, reside en Aínsa, Madrid y Marbella, y sus manos no paran de materializar ese arte que le dio nacer en Valencia. Exposiciones, ferias importantes y concursos hacen llegar su original obra a todos los países del mundo, siendo en la actualidad un artista que despierta gran interés a galerías, fundaciones y coleccionistas.
Fotografía de F. de Bedoya (2004).
Obra del Artista Jean Rouzaud.
Tarbes (Francia)